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El peso real de la pandemia de COVID-19 no solo presenta como resultado el número de personas afectadas o fallecidas a causa de esta enfermedad respiratoria, sino también por el impacto que tuvo sobre otras afecciones cuya atención quedó relegada, cuando no desatendida. Es el caso de la tuberculosis –que el 24 de marzo conmemora su día mundial–: una de las enfermedades que más muertes ocasiona a nivel global y en la que se ha verificado un retroceso en cuanto a su diagnóstico y tratamiento a causa de la pandemia.

Lo que hemos visto con la tuberculosis, al igual que en la mayoría de las patologías crónicas y prevalentes, es que su atención ha quedado relegada por la epidemia del COVID-19, porque prácticamente todos los servicios médicos nos hemos corrido de nuestras rutinas habituales para abocarnos exclusivamente a la pandemia”, advirtió el médico neumonólogo Matías Scafati, jefe de la Unidad de Internación de Neumonología del Hospital Tornú, y agregó: “Lo que estamos empezando a ver hoy son justamente las consecuencias: estas enfermedades han seguido su evolución natural”.

La tuberculosis es una enfermedad infecciosa que afecta a los pulmones y que es causada por una bacteria (Mycobacterium tuberculosis) que se transmite de una persona a otra a través de las gotitas de aerosol que permanecen en el aire tras haber sido expulsadas por personas con enfermedad pulmonar activa. Aunque en personas sanas suele ser asintomática, los síntomas de la tuberculosis pulmonar activa son: tos (a veces con esputo que puede ser sanguinolento), dolor torácico, debilidad, pérdida de peso, fiebre y sudoración nocturna.

“No todos los que estamos expuestos a la tuberculosis nos enfermamos. Una vez que ingresa a nuestro organismo, la bacteria puede ir por diferentes caminos: un camino es que nuestro sistema inmunológico la pueda eliminar por completo, el otro camino es que nuestro sistema inmunológico no lo pueda eliminar y la bacteria permanezca allí, causando lo que se denomina una infección tuberculosa latente. La bacteria queda alojada normalmente en el pulmón o en las zonas cercanas al pulmón y se puede producir una infección. Si en algún momento bajan las defensas o si se deteriora la inmunidad, se puede desarrollar esa enfermedad latente”, explicó el doctor Scafati.

Ya en octubre de 2020, a poco más de 6 meses de declarada la pandemia, la OMS publicó su informe Global Tuberculosis Report 2020, en el que advertía que el COVID-19 “amenazaba con revertir los avances recientes en la reducción de la carga global de la tuberculosis”. “El reporte más claro de tuberculosis es el que hace anualmente la Organización Mundial de la Salud –señaló el doctor Scafati–. Lo que se pone en evidencia en este reporte es que entre el 2019 y el 2020 hubo una caída significativa en la notificación de la tuberculosis de cerca del 20%: en 2019 se notificaron alrededor de 7.100.000 casos, mientras que en 2020 se notificaron menos de 6.000.000”.

En la Argentina, las estadísticas más recientes sobre la tuberculosis son previas a la pandemia. En 2019 se notificaron 12.499 nuevos casos, dando lugar a una tasa de notificación de 27,8 por cada 100.000 habitantes. Es de esperar que en los siguientes boletines los números de notificaciones sean menores, pero no por una reducción de los contagios sino porque muchos pacientes no accedieron al diagnóstico a causa la situación del sistema de salud durante la pandemia de COVID-19.

Pero a nivel global hay datos aún más preocupantes que sugieren una caída en el acceso y la adherencia al tratamiento de la tuberculosis: “Contrastando con una menor notificación de casos, aparece un aumento en la incidencia de la mortalidad, la cual venía decayendo” dijo el especialista. Según las estadísticas más recientes de la OMS, mueren hoy 1.5 millones de personas al año a causa de la tuberculosis, lo que la convierte en la enfermedad infecciosa que más muertes ocasiona en el mundo.

El Día Mundial de la Tuberculosis fue establecido en conmemoración del día en el que Robert Koch anunció que había descubierto la bacteria que causa la tuberculosis en 1882, lo que abrió el camino hacia el diagnóstico y la cura de esta enfermedad.

 

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La hipertensión arterial es la principal causa de muerte y discapacidad en Argentina. En 2017, la sumatoria de las enfermedades cardiovasculares, afecciones en las que la hipertensión suele jugar un papel preponderante, produjo 90.222 muertes2. En parte explica esta alarmante cifra el hecho de que 7 de cada 10 hipertensos no controlan su enfermedad: 4 de ellos ni siquiera saben que son hipertensos y casi 3 (27%) pese a conocer su condición no logran mantener su presión en parámetros aceptables1.

‘Si tenemos en cuenta que más de un tercio (37,3%) de los casos de muerte por enfermedad cardiovascular se podría prevenir teniendo la presión arterial en niveles normales[3], podríamos evitar en nuestro país 92 fallecimientos por día, prácticamente 4 cada hora controlando la hipertensión’. La afirmación fue realizada en el marco del XXVI Congreso Argentino de Hipertensión Arterial, que se desarrollará en Mar del Plata del 11 al 13 de abril.

“Todos los años mueren por enfermedades cardiovasculares más de 90 mil argentinos, cuatro veces más de los que fallecen por todas las causas externas (accidentes y homicidios, entre otras). Se ha calculado que estas muertes implican 400 mil años de vida perdidos; si a estos se suman los que se viven con discapacidades, son 600 mil los años de vida saludables que se pierden a consecuencia de las enfermedades cardiovasculares. Así, un tercio de las muertes y también de los años de vida perdidos en la Argentina corresponden a enfermedades cardiovasculares”, expresó la Dra. Irene Ennis, doctora en medicina y Presidenta del Comité Organizador del XXVI Congreso Argentino de Hipertensión Arterial.

“Se estima que cada año se producen en Argentina más de 150.000 eventos coronarios (angina de pecho, infarto de miocardio) y 100.000 accidentes cerebrovasculares (ACV). La asociación entre ACV y cardiopatía isquémica con la presión arterial es lineal y empieza desde valores tan bajos como 120/80 mmHg. Por este motivo, afirmamos que para disminuir el riesgo de padecer una u otra condición debemos ser exigentes con el cumplimiento de las metas de prevención y tratamiento”, detalló el Dr. Martín Salazar, Presidente Honorario del Comité Organizador del XXVI Congreso Argentino de Hipertensión Arterial.

Estimaciones relativamente recientes refieren que en nuestro país los costos directos anuales asociados al tratamiento de la hipertensión arterial (incluyendo medicamentos, estudios, análisis de laboratorio e internaciones) ascienden a 350 millones de dólares. A lo que habría que agregar los costos indirectos (pérdida laboral, cargas familiares, etc.) y consecuencias psicológicas y sociales, cuya medición es más difícil de realizar.

“La hipertensión arterial no es simplemente un factor de riesgo, es una enfermedad en sí misma que debe ser abordada con tratamiento. Aunque no es lo más habitual, existe consenso internacional acerca de que se obtienen mejores resultados en el tratamiento si se indican dos o hasta tres medicamentos antihipertensivos en simultáneo, en comparación con indicar uno solo o simplemente recomendar dieta y ejercicio físico”, subrayó la Dra. Judith Zilberman, Presidenta de la Sociedad Argentina de Hipertensión Arterial (SAHA) y especialista en cardiología e hipertensión arterial.

Otro de los problemas que presenta esta enfermedad es que, como generalmente no da síntomas, existe una alta tasa de abandono del tratamiento. “La gente no toma los medicamentos porque manifiesta sentirse bien, pero esto es tan desacertado como que una persona con diabetes deje de administrarse insulina o alguien con colesterol elevado no reciba su medicación hipolipemiante. La hipertensión arterial es una enfermedad crónica, potencialmente mortal, y la adherencia al tratamiento constituye la base para su control”, consignó la Dra. Ennis, quien además es Profesora Titular de Fisiología y Física Biológica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata.

Entre los propios especialistas existe cierto disenso acerca de a partir de qué valores considerar que una persona padece hipertensión. Mientras que las guías norteamericanas consideran hipertensión a partir de una cifra de 130/80 mmHg, desde la SAHA, en línea con las guías europeas, adscriben a la postura que la define desde mediciones que arrojen 140/90 mmHg.

No obstante, la comunidad científica toda coincide en la importancia de no minimizar esta condición ni considerar que valores ligeramente elevados pueden deberse a situaciones pasajeras, como aquellas producidas por los nervios o el estrés, y en que cada situación individual debe analizarse en relación a su contexto.

La hipertensión arterial representa el principal factor de riesgo (potencialmente modificable) del desarrollo de enfermedad cardiovascular, acompañado también de otras condiciones como la obesidad, el sedentarismo, el tabaquismo, colesterol elevado y la diabetes.

“De ahí la importancia del control y tratamiento de aquellos factores que podemos modificar y de los cambios en los hábitos de vida poco saludables que contribuyen a desarrollar estas enfermedades”, insistió el Dr. Salazar.

“Para la toma de la presión arterial nos encontramos con otro inconveniente: el uso de medidores desaconsejados o directamente prohibidos. Recomendamos utilizar los dispositivos automáticos digitales validados. No recurrir más a los tradicionales o aneroides, que suelen descalibrarse y perder precisión, y mucho menos a aquellos en base a mercurio, que están prohibidos desde hace 10 años. Deben realizarse 3 mediciones, con la persona en reposo y relajada y computar como valor el promedio de los resultados obtenidos”, explicó el Dr. Walter Espeche, médico especialista en medicina interna, Secretario del Comité Organizador del XXVI Congreso Argentino de Hipertensión Arterial.

Los especialistas remarcaron la importancia de mantener hábitos saludables para ayudar al control de la hipertensión, como llevar una alimentación sana, rica en frutas y verduras, restringir el consumo de sal, tanto la agregada en la mesa como aquella que se incorpora al momento de la cocción de los alimentos, combatir el sedentarismo realizando actividad física (al menos 30 minutos de caminata diaria) y alcanzar y mantener un peso saludable. Sin embargo, coincidieron en que una vez diagnosticada la enfermedad, todo ello no es suficiente: el control periódico y la adherencia al tratamiento farmacológico, generalmente compuesto por 2 ó 3 medicamentos, representa el pilar del control de la hipertensión arterial.

Fuente: Consenso Salud

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